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Los colores de la natrualeza

Enviado por Jaime el October 7, 2025
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Símbolo de protección de nuestros valores

Los Colores de la naturaleza:
símbolo de protección de nuestros valores

En el reino animal, los colores tienen un propósito que va más allá de la belleza. En el caso de la serpiente coral, sus tonalidades vibrantes son una advertencia clara de peligro. Este fascinante fenómeno natural brinda una enseñanza profunda para quienes están dispuestos a observar: la importancia de la claridad y la protección.

Los valores que distinguen a la sociedad colombiana, al igual que los colores de la serpiente coral, están diseñados para proteger a sus habitantes. Es un sistema que establece reglas visibles, que define límites y que busca garantizar la seguridad y el bienestar de todos los ciudadanos. Sin embargo, al igual que en la naturaleza, estas advertencias solo funcionan si aprendemos a interpretarlas y respetarlas.

En un país como Colombia, la democracia es más que un conjunto de leyes; es un reflejo de nuestra diversidad y nuestra capacidad de convivencia. En una sociedad marcada por las diferencias culturales, económicas y sociales, la democracia se convierte en un espacio de encuentro, donde las voces de todos tienen cabida. Es un recordatorio constante de que nuestras acciones individuales tienen impacto colectivo.

Ajiaco santafereño, las guascas son su columna vertebral

Enviado por admin el September 17, 2025
El chef Jacobo Bonilla nos enseña que las guascas son la ‘columna vertebral’ del ajiaco. Sin este ingrediente fundamental, este plato tradicional perdería su identidad.

Ajiaco santafereño: las guascas son su columna vertebral

Este plato tradicional colombiano perdería su identidad si no fuera por las guascas. Sería como quitarle a Colombia la calidez de su gente y los valores que la identifican: participación, respeto, justicia, equidad… la diversidad que se representa con el uso de tres variedades de papa, pollo y arracacha. Aprende a prepararlo con el chef Jacobo Bonilla, con el auténtico sabor del hogar colombiano, como solo lo preparan las abuelas.

El ajiaco tiene raíces profundas en el altiplano cundiboyacense, donde los pueblos indígenas muiscas ya cultivaban papas y maíz como base de su alimentación. Con la llegada de los españoles, se incorporaron ingredientes como el pollo, la crema de leche y las alcaparras, dando lugar a una receta mestiza que hoy representa orgullosamente la identidad bogotana.

 

Su receta es reconocida por la mezcla de papa sabanera (que aporta consistencia), pastusa (que mantiene su forma) y criolla (que se deshace y espesa el caldo). También se añaden mazorcas de maíz troceadas, pollo y, por supuesto, hojas de guasca, una hierba silvestre andina que da al ajiaco su sabor característico.

El toque final incluye crema de leche, alcaparras y aguacate, que se sirven aparte para que cada comensal los agregue al gusto. Aparte de ser una delicia, el ajiaco fortalece la economía popular y la transmisión de saberes culinarios.

En su preparación suele participar la familia entera, guiada por las manos amorosas de mamá, cuyo amor es un ingrediente fundamental de todas las preparaciones colombianas. Mientras unos pelan papas, otros desmenuzan pollo y otros vigilan el fuego. La receta no solo pasa de generación en generación, sino que une generaciones alrededor de su preparación.

Bogotá es una ciudad de puertas abiertas, que con el ajiaco da un mensaje de hospitalidad a quienes la visitan o a quienes viven en ella. Cada cucharada cuenta historias de identidad, memoria y solidaridad. En cada plato de ajiaco hay una Bogotá tradicional, que mezcla lo indígena y lo europeo, lo rural y lo urbano. Es una sopa que alimenta, abraza, recuerda y celebra.

 

Sudado de pollo: receta con herencia, sabor y una lección de país

Enviado por admin el September 17, 2025
Este plato, popular en toda Colombia, mezcla el guiso que vienen de la cocina española, con ingredientes de nuestra tierra y, lo mejor, ¡el amor de las abuelas! Así lo prepara el chef Jacobo Bonilla.

Sudado de pollo: receta con herencia, sabor y una lección de país

El chef Jacobo Bonilla nos enseña paso a paso cómo preparar esta receta tradicional colombiana, donde el guiso se hace por un lado, el pollo por otro… y se unen en el mismo plato, como distintas regiones de Colombia trabajan juntas para construir un mismo país.

El sudado de pollo es uno de esos platos que no necesitan presentación, porque está presente en las mesas de diferentes regiones de Colombia. Representa la esencia de la cocina colombiana: sencilla, sabrosa y profundamente ligada a la familia.

Además, es un plato que recuerda a la abuela, al almuerzo en casa, al olor que anuncia que todo está bien. En cada cucharada hay historia, afecto y pertenencia. Es Colombia cocinada en olla, servida en plato hondo y compartida con corazón.

El sudado de pollo es un guiso tradicional que se prepara con presas de pollo cocidas lentamente en un guiso de tomate, cebolla, ajo, papa, zanahoria y condimentos como comino, color y laurel. Se acompaña con arroz blanco, aguacate y, en muchas regiones, plátano maduro frito. 

 

El nombre “sudado” proviene del método de cocción: el pollo se cocina en su propio jugo, junto con los vegetales, en una olla tapada que permite que los sabores se concentren sin evaporarse.

Tiene raíces en la cocina campesina colombiana, donde se aprovechan los ingredientes disponibles en el huerto y el corral. Con el tiempo, se ha convertido en un plato cotidiano que mantiene su sabor y valores nutricionales.

En muchas familias, el sudado es el plato de los domingos, el que reúne a todos alrededor de la mesa. Su preparación refleja valores profundamente colombianos como la paciencia, porque se cocina a fuego lento, sin apuros; y la solidaridad, porque se prepara en cantidad y se comparte.

En el Caribe, se le añade ají dulce y cilantro; en el Pacífico, se puede preparar con pollo criollo y leche de coco; en la región Andina, se sirve con arepa o yuca. Cada versión es válida, porque el sudado no tiene una receta única, sino una esencia común: alimentar con cariño.

 

Salpicón colombiano: la receta de una bebida de frutas inolvidable

Enviado por admin el September 17, 2025
La chef Jennifer Rodríguez nos comparte esta receta que aprendió en su casa, en la que se mezcla jugo de naranja con banano, lulo, papaya y sandía. ¡Una delicia para refrescar el alma y el cuerpo!

Salpicón colombiano: la receta de una bebida inolvidable

En el salpicón conviven los sabores de diferentes frutas, así como en Colombia coexiste una gran diversidad de personas, especies, paisajes y riquezas que comparten valores, tradiciones y costumbres. Así como la diversidad biológica y cultural nos hace únicos, las frutas hacen único al salpicón en cada región de Colombia. Hoy compartimos una receta de la chef Jennifer Rodríguez. 

El salpicón es una bebida refrescante que también se considera un postre por su dulzura y textura. Se prepara con trozos de frutas frescas como piña, papaya, sandía, mango, banano, manzana, sandía… bañadas en su propio jugo. 

Pero no hay una receta única, el salpicón varía según la región y el gusto personal. Algunas versiones incluyen helado, leche condensada, menta o hierbabuena, que también se adaptan a la ocasión en la que se degusta.

 

Es muy apreciado en las regiones costeras de Colombia, donde la abundancia de frutas tropicales y el clima cálido invitan a prepararlo y disfrutarlo, pero en realidad es una bebida nacional, presente en ferias, celebraciones y días de mercado de los rincones de nuestra geografía.

La riqueza frutal de Colombia es clave para la existencia del salpicón. Con cientos de especies de frutas, muchas de ellas endémicas, el país ofrece una paleta de sabores que permite crear salpicones únicos en cada región. 

Es una bebida que representa nuestra creatividad, que tiene su identidad en cada región. En cada vaso de salpicón hay fruta, frescura y fiesta. Es Colombia servida en colores, con cuchara y con historia.

 

Cartagena

Enviado por admin el September 15, 2025
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Murallas que Protegen un Legado de Fortaleza y Resiliencia.

Cartagena:
Murallas que protegen un legado de fortaleza y resiliencia.

En el siglo XVI, cuando los piratas azotaban el Mar Caribe, Cartagena de Indias empezó a convertirse en una pieza clave para la Corona española… ¡y para la historia de América Latina! Las riquezas que atraían a corsarios temidos en todo el mundo la obligaron a entender que la supervivencia no dependía solo de las armas, sino de una estrategia clara para resistir a un enemigo que nunca descansaba.

Así nacieron las murallas de Cartagena, que a la vista son un espectáculo arquitectónico de piedra y mortero, pero que en su esencia son una muestra del ingenio de quienes las diseñaron y las construyeron. Cartagena se transformó en una fortaleza militar, cultural y humana; en cada baluarte, túnel o bastión hay una historia de lucha y resistencia.

La Ciudad Amurallada se convirtió —y sigue siendo— en un símbolo. Dentro de sus muros no solo se protegían tesoros materiales, sino también la esperanza y la dignidad de un pueblo. Las decisiones que se tomaron para levantar y mantener esas defensas hablan de un compromiso colectivo que ha trascendido generaciones y que todavía resuena en sus calles empedradas, hoy Patrimonio de la Humanidad.

Caminar por Cartagena es viajar al corazón de esa historia. Y, de alguna manera, también es mirarnos en un espejo: así como la ciudad se defendía de los piratas, nosotros enfrentamos desafíos que exigen la misma astucia y la misma unidad. Como Cartagena, nuestro país se protege con valores y con la fuerza de estar juntos.

Hoy, las murallas de Cartagena siguen en pie, como un recordatorio de lo que significa proteger lo que se ama. Más allá de su valor histórico y arquitectónico, representan la fortaleza que necesitamos como nación para enfrentar los desafíos del presente y construir un futuro en el que la unión sea nuestra mayor defensa. Cartagena nos enseña que la resiliencia no es solo una cualidad del pasado, sino una necesidad permanente.

Publicar este tipo de historias no es solo un ejercicio de memoria histórica, sino un llamado a valorar lo que nos une como colombianos. En las sombras de esas murallas, en las huellas de quienes las construyeron y defendieron, encontramos la esencia de un país que ha aprendido a resistir y a reinventarse. Cartagena nos habla de quienes fuimos y, más importante aún, de quienes podemos ser. 
Así como esta ciudad protegió su dignidad y su legado, hoy somos invitados a proteger los valores que nos definen como sociedad. Las murallas de Cartagena no solo son un símbolo de resistencia, sino una inspiración para enfrentar el futuro con astucia, fortaleza y unidad. Porque en cada piedra, en cada baluarte, hay una lección que sigue vigente: lo que construimos juntos es lo que realmente nos protege.

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